Me recibí de periodista en los años 90. De adolescente, descubrí que escribir era mi mayor placer. Escribía sobre experiencias propias música, viajes, historia, conciertos, gente. Mi barrio, mis amigos. Tenía un cuaderno por cada tema, y desarrollé por sobre todo mi lado croniquero de la profesión. Me gusta desarrollar crónicas. Tenía un profe que nos enseñó a observar, mirar, analizar y luego escribir.
Una buena parte de los pibes que quieren estudiar periodismo piensan que es lo que se ve en las redes: cubrir un festival auspiciado por una marca, ir a sacarse selfies, reírse, gritar y hacer un video de un minuto con dos o tres flases del encuentro, contando experiencias personales.
La influencería de la información nos está dejando sin palabra y sin contenido. Está buenísimo que se promocione todo a través de las redes, pero está siendo hora de que busquemos alguna manera de balancear, porque hay artistas que si se defienden detrás de la palabra.
Como agente de prensa, necesito de esos influencers para promocionar proyectos, pero también de los periodistas para que cuenten, desarrollen y analicen ese trabajo amoroso que estoy difundiendo. Y cada vez es más difícil.
Durante años, los periodistas acreditados en festivales luchamos para que en las conferencias de prensa se pregunte contenido, con propiedad y también, teniendo cierta data del artista que está en frente. Eso ya casi no se puede Más selfies, más preguntas tontas, mas cuestionamientos para la polémica.
Igual creo que hay esperanza. Hay muchos periodistas que reman y reman contra los videos de 1 minuto, haciendo contenido de valor, informando y contando historias. Pero también necesitamos que la gente lea sobre cultura y que haya quien le ponga palabras a la belleza.
