Hace unos días empecé a limpiar mi cuenta de Instagram. Seguía cuentas por inercia: veía algo, me gustaba y follow automático. Así en la lupita de mi buscador había de todo y nada que ver con lo que hago o me interesa.
Hice depuración: saqué cerca de 2000 “me gusta” y empecé a ajustar a quién sigo, pero con variedad de.opiniones, para no estar en una burbuja. Y sí, el algoritmo también se educa. (si les interesa, les cuento más).
Igual, las redes son un deporte de riesgo. Podés decir algo con buena intención y del otro lado siempre hay alguien listo para saltar, malinterpretar y atacar.
Ayer me pasó esto: Un proteccionista muy conocido publicó una perrita que queríamos adoptar. Escribí por privado, comenté en el posteo… silencio. Días después, le hicieron nota en un medio y comenté en ese post algo simple: que todavía no me habían contestado acerca de la perrita.
Me respondieron desde la protectora (rápido, después del comentario), pero también aparecieron los de siempre: insultos, ataques y alguien de un gimnasio “pet friendly” salió a dar lecciones de cómo darme un “palazo”. Otros respondían por la protectora. Que no podían ver tantos mensajes que les llegaba, que ya me iban a contestar, que no tenia paciencia…
Pensaba: Hay un sector del “mundo proteccionista” (no son los que tienen refugios, justamente sino los que están en las redes) que vive más pendiente de señalar al otro que de ayudar animales y necesitan demostrar superioridad moral todo el tiempo. Un sector que confunde compromiso con exposición.
Esos son los que ven un perro atropellado, sacan la foto, la publican, juntan likes y generan comentarios acordes a su estilo: poca acción real.
Amar a los animales no te hace mejor persona automáticamente. Y mucho menos te da derecho a agredir a cualquiera que no piense o actúe exactamente como vos.
Capaz el problema no es lo que se dice… sino desde dónde se reacciona.
Dejo una nota sobre el algoritmo y las redes y de cómo fue evolucionando para peor
